
Iniciado por
ENRIKE
Estimado Jota2:
De la observación irónica que haces a propósito de las ráfagas y de su utilidad en una boda, deduzco que piensas que mi opinión es sólo una ocurrencia sin ningún fundamento.
Respetando por anticipado tu opinión, a la que tengo en gran aprecio, voy a contarte la escalofriante experiencia que tuve hace sólo unos meses. Tal vez así comprendas la razón por la que me atreví a dar el arriesgado consejo de las ráfagas.
Benson Smit era el mejor fotógrafo de bodas que haya existido nunca, o al menos eso rezaba en su tarjeta profesional. Y en aquel momento lo tenía frente a mí, en un viejo fumadero de opio en Calcuta, limpiándose con un pañuelo el sudor que le caía a chorros por debajo del sombrero y empapaba el cuello almidonado de una camisa azafrán.
Estoy hundido, Enrike- me confesó entre sollozos.
-Desahógate compadre- le dije intentando mitigar su dolor.
-Ayer hice la boda más importante de mi vida y en el momento cumbre, he fallado estrepitosamente.
No voy a aburrirte con la larga conversación de dos horas que tuvimos en aquel tugurio infecto. Sólo te contaré, resumida en pocas palabras, la historia que me relató lloriqueando como un bebé.
El sacerdote enfundado en una impoluta casulla púrpura extrae con unción la sagrada forma del cáliz en cuya superficie bruñida reverbera la temblorosa luz de los candelabros. La acerca con solemnidad calculada a los labios de la novia henchida de piadoso orgullo. Mi amigo Benson sabe que no va a fallar, que no puede fallar. Espera con serena tensión el instante cumbre y aprieta con suavidad y decisión el botón de su cámara de 5.000 dólares.
Pero antes de continuar, retrocedamos tres décimas de segundo hacia atrás. Algo espantoso está ocurriendo bajo la ensortijada cabellera dorada de la novia. Su hipotálamo ha detectado sequedad en la esclerótica y envía, sin previo aviso, un impulso nervioso a los párpados para que se cierren un instante y humedezcan el ojo.
Pero para entonces, el dedo índice de mi amigo ya ha presionado el botón de la cámara y el mecanismo de disparo se ha puesto en marcha sin que nada ni nadie pueda detenerlo. Las laminillas del obturador se han replegado dejando el CMOS expuesto a la luz desnuda del mundo exterior. Pero las desgracias nunca vienen solas. El flash se ha excitado también y ha iluminado una escena atroz en la que los hermosisimos ojos esmeralda de la princesa han desaparecido bajo dos vulgares y anodinos parpados zafiamente maquillados con purpurina azul.
Ya he dicho que mi amigo Benson Smit es (o era) el mejor fotógrafo del mundo y añado que ese título no le tocó en una tómbola. Por eso, con astucia sobrehumana, ha dejado abierto el ojo izquierdo para asegurarse de que en el instante decisivo nada imprevisto haya ocurrido en la escena, sabiendo, como perro viejo que es, que su ojo derecho ha quedado momentáneamente inutilizado por la inoportuna costumbre del espejo de la cámara de levantarse en el peor momento.
Un escalofrío ha recorrido su espalda al comprender su error, pero su cerebro entrenado en mil batallas ha reaccionado en tres centésimas de segundo.
Presiona de nuevo el disparador y escucha aterrado, durante un interminable segundo, cómo la CPU de la cámara forcejea con el micromotor de enfoque intentando llegar a un consenso.
Pero mientras tanto, el universo sigue su curso, ajeno a la desesperación de mi amigo. La lengua de la novia, al sentir el roce de la sagrada forma, se repliega con fervor hacia el interior de la boca y el sacerdote retira prudentemente la mano, cumplida ya su sacrosanta misión.
Para entonces la cámara de 5000 dólares ha conseguido realizar un segundo disparo pero sólo ha podido captar la mano del oficiante en franca retirada haciendo pinza en vacío a tres centímetros de los labios de la novia. Ella ya ha cerrado la boca y, por lo tanto, la sagrada forma ha desaparecido de la escena, volviéndola patéticamente incomprensible. Mi amigo llora de rabia e impotencia, empañando el ocular de la cámara y poniendo en peligro el resto del reportaje.
Bien, en este punto cabe preguntarse: ¿dónde estuvo el fallo? ¿En qué pudo equivocarse mi amigo Benson?
- La ráfaga. Debí poner el modo ráfaga- la respuesta, apenas audible, escapó de los labios temblorosos de Benson, segundos antes de que se hundiera en el sopor benéfico de una sobredosis de opio.
Bien, esta es la anécdota y esta la conclusión que yo saqué:
Si hay que captar necesariamente un momento irrepetible, y hacerlo bien, la única forma de asegurarse él éxito es tomar todas las fotos que sea posible durante el breve tiempo que dura ese instante. Y si estamos de acuerdo en esto, también estaremos de acuerdo en que si los fabricantes de cámaras alardean de ráfagas sostenidas y densas en sus costosas cámaras de alto nivel es porque creen que ayudan a sus clientes a que no les ocurra lo que a mi amigo Benson.
Los seres humanos parpadean entre 15 y 30 veces por minuto y en las bodas ocurren cientos de movimientos imprevistos (la madrina arregla un pliegue del traje de la novia, el novio gira la cabeza para mirar a la novia o a su primo o se agacha para apretarse los cordones de los zapatos, etc. etc. y al final sólo nos queda una instantánea para relatar lo que ocurrió allí.
Si se disponen de 10 ó 15 fotos en ráfaga de cada instante crucial, se tienen muchas más posibilidades de conseguir una buena imagen, o en el peor de los casos se dispone de material suficiente para hacer algún trasplante de ojos, nariz, boca o cabeza si fuera menester.
Respecto a la sensibilidad de 400 ISO la recomendé porque hay muy poco ruido detectable en las cámaras Canon y supuse que Daxdac no tendría un flash externo, dado que estaba en fase de aprendizaje con la cámara que acaba de comprarse. Al aumentar a 400 ISO se cuadriplica la potencia del flash que pasaría de ser un alfeñique a todo un hombrecito, capaz de salir airoso en una boda, siempre que no se abuse de él, claro. También se reduce el consumo de la batería (al no exigirle tanto al flash) que tal vez se quede un poco corta para un reportaje de boda.
Recomendé considerar la posibilidad de renunciar a RAW porque conjeturé que tal vez sólo dispusiera de una tarjeta de 256/500 Mb y no tuviera pensado hacer un desembolso adicional. En todo casó sólo pretendí hacerle ver que la opción JPEG podía aportarle algunas ventajas (ráfagas más largas y mayor cantidad de fotos) que debía evaluar a la hora de tomar una decisión.
Recomendé una velocidad de 200 porque es la más alta que soporta el flash de la cámara y creo que la luz ambiente de una iglesia no puede producir más que imágenes espectrales que distraen la atención de los auténticos protagonistas, que son los contrayentes. Además, si se trabaja a velocidades bajas 30 ó 60 y el Zoom al máximo, pueden aparecer ocasionalmente dobles imágenes (flash y luz ambiente), luces trepidadas, ambiente de ultratumba constituido por cientos de cabezas subexpuestas (los invitados alineados en las bancadas del templo) y tal vez deformadas por la trepidación, que poco ayudan al lucimiento de la feliz pareja y menos aún del fotógrafo. Así que a 200 (pensé yo), eliminamos todas las luces parásitas (excepto los puntos de luz), las trepidaciones y dobles imágenes, sacamos de la escena a todos los espectros y dejamos a los novios como únicos protagonistas bajo el cono de luz controlada de nuestro flash, al que le da igual que utilicemos 15 ó 200 de velocidad.
Por supuesto que esto no es más que una opinión, un intento de darle una receta especifica que responda a una demanda de “Como hacer mi primera boda con una máquina que no controlo y no morir en el intento” y no a un tratado sobre “Técnicas avanzadas para fotógrafos profesionales de alto rendimiento”.
Mi intención fue dar una serie de normas muy sencillas (Modo TV, ISO 400, velocidad 200) de aplicar que le permitieran concentrar su atención en el encuadre mientras luchaba con escalones, curas celosos de su territorio, monaguillos traviesos, amigos de los novios interponiéndose con la cámara de video, floreros inestables, cables sueltos, y un sin fin de obstáculos que acosan a los fotógrafos de bodas, en especial cuando es la primera boda con la que se enfrentan.
Pedirle que se dedique a regular los controles de la cámara a oscuras, sin saber muy bien donde están y para qué sirven, mientras intenta mantener el encuadre, no tropezar con los candelabros ni con el monaguillo y trata de no enredarse con los cables que hay por el suelo, me pareció poco práctico en su caso.
Pero, en fin, lo que cuenta es la intención y mi intención era buena, aunque son los expertos los que tienen la última palabra, como siempre. Y a su veredicto me someto con reverencia. Con este post no he querido defender mis argumentos sino dejar clara mi buena intención al darlos.
Saludos.
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