¿Desde donde participas?
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Llegó la hora de hacer el ejercicio que se nos planteó para esta semana: había que fotografiar algo continuo, pero con el primer plano enfocado. Casi casualmente, ya que me encontraba en mi estudio, por el que se reparten varios de los títeres que componen mi colección, me vino a la cabeza la idea para la fotografía: una mano en primer plano, sosteniendo la percha de un títere de hilo, y todo ello iluminado muy teatralmente desde una luz cenital. Me dispuse a prepararlo
Pues esta semana era la prevista para la primera de las operaciones de cataratas que debían hacerle a mi señora esposa, así que me dispuse a cumplir con el ejercicio pronto, por si no podía dedicarme a ello en el fin de semana. Así lo hice, y, de esta forma, la semana transcurría en blanco, y tengo que confesaros, que, por mi parte, echando algo de menos a Carmela y los cariñosos epítetos que me dirige, en cuanto tiene oportunidad. Por otro lado, mi ego agradecía este descanso que las circunstancias
Antes de comenzar a describiros cómo se desarrolló la conversación con Carmela, tengo que agradecer públicamente a los fabricantes de terminales de telefonía móvil el invento ese que permite contestar a través de los auriculares. Como cada vez es más frecuente ver por la calle a individuos de la especie de la que se afirma que es capaz de razonar, con aspecto de estar inmersos en una conversación absolutamente trascendental con el aire, ya que nadie hay alrededor de ellos, puedo permitirme el lujo
“No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón” (C. Kavafis)
Desde aquel aciago día en que descubrí la asombrosa facultad de mi cámara para hablar, o desde el día en que me volví definitivamente loco de remate, que no lo sé, raro es el día que Carmela no tiene una conversación conmigo. Bueno, más bien, mantiene un monólogo al que asisto como espectador forzado. Carmela, eufórica desde que se ha enterado que en el GAP han propuesto que sea la mascota, se
Encontrábame en el portal de casa, debidamente pertrechado con todos los útiles que han menester para ejercer tan noble afición, esta vez debidamente protegido de la lluvia con un magnífico paraguas de los llamados "de párroco", a fin de no mojar ni mi oronda humanidad, ni la impedimenta que colgaba de mis espaldas en voluminosa mochila, cuando oí que alguien me chistaba:
"Chisss" Miré a ambos lados de la calle y a nadie pude observar, ya que encontrábase